María José no había dejado de mirar a Gabriel, recostado sobre su pecho, como si necesitara asegurarse cada segundo de que él realmente estaba ahí. Su manita aún apretaba la tela de su bata con fuerza, y ella no dejaba de acariciarle el cabello con delicadeza. Era como si ambos temieran que, al cerrar los ojos, todo se desvaneciera.
Isaac, de pie a su lado, la observaba con una mezcla de gratitud y alivio. La imagen de ambos abrazados era el premio más sagrado después de tantos días de lucha.
P