El jardín estaba iluminado por una luz tibia, esa que antecede al medio día. Samuel y Gabriel corrían por el césped, riendo a carcajadas, ajenos al mundo de los adultos que los observaban desde la pequeña banca de madera cerca de la fuente.
Isaac recibió una llamada justo en ese instante. Su celular vibró con insistencia. Se levantó algo incómodo, se disculpó con una mirada hacia Eliana y María José, y se alejó hacia un costado de la casa, con el teléfono pegado a la oreja.
Quedaron solas.
Elia