Eliana dormía, por fin, después de una mañana cargada de preguntas sin respuestas. José Manuel la observaba desde el marco de la puerta, con el pecho oprimido. Sus palabras lo habían golpeado fuerte. “¿Quién es Samantha?” había dicho ella, y aunque no recordaba del todo, ya podía intuir lo que esa mujer significaba en su vida: dolor.
Él cerró la puerta con cuidado y caminó hasta la sala. Apretó los puños. No podía seguir posponiendo lo que sabía, tarde o temprano, iba a hacer. No podía seguir f