El día había comenzado con un cielo gris, y aunque no llovía, el ambiente se sentía denso, como si la tristeza se hubiera instalado silenciosamente en cada rincón de la casa. Eliana estaba sentada junto a la ventana, con una taza de té entre sus manos, pero el líquido ya se había enfriado. Su mirada estaba perdida en el horizonte, más allá del jardín, más allá del presente.
La noticia seguía martillando en su cabeza.
Había tenido un hijo. Un bebé. Y había muerto.
Pero no lo recordaba. No podía