La semana había pasado más rápido de lo que Samuel hubiera querido. Cada día con Eliana había sido como un sueño del que no quería despertar: juegos, risas, helado con chispas de chicle y largas noches en las que se dormía sintiéndose querido y protegido. Pero ahora, el día que tanto temía había llegado.
El sonido del coche de su padre estacionándose afuera lo hizo tensarse. Su pequeño corazón latía con fuerza, y un nudo incómodo se formó en su estómago. No quería irse. No quería volver a la cas