El sol entraba por las amplias ventanas de la casa de Eliana, iluminando la sala con una calidez acogedora. Samuel corría de un lado a otro con una energía inagotable, mientras Eliana lo observaba con una sonrisa. Había algo en la risa del niño que lograba suavizar incluso las partes más endurecidas de su corazón.
—¡Eliana, ven! —gritó emocionado desde la cocina—. ¡Vamos a cocinar!
Eliana soltó una risa suave y se acercó. Samuel ya tenía un delantal puesto, uno que le quedaba grande y que arrast