Dos semanas.
Catorce amaneceres con olor a café sin compartir, a desayuno preparado para tres, pero con una silla que seguía vacía. El reloj avanzaba, los días transcurrían, y aunque la vida seguía su curso, para María José, todo parecía detenido en una pausa tensa y dolorosa.
Isaac no había vuelto a dormir en casa.
Sus visitas eran breves, medidas. Llegaba como una sombra, saludaba a los niños con cariño el que nunca perdía, pero esquivaba su mirada. María José lo observaba desde la cocina o d