La mañana era templada, el cielo había dejado caer una ligera llovizna durante la madrugada, y ahora el sol, con timidez, se filtraba por las nubes grises. En el apartamento de Isaac, todo era silencio y orden. María José se encontraba en la sala, doblando algunas mantas del sillón y organizando los juguetes que Samuel y Gabriel habían dejado esparcidos la noche anterior. Era su rutina ya. Los niños habían creado un lazo hermoso, casi fraternal, y ella se sentía cada vez más apegada a ambos.
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