La noche había caído con una calma envolvente. Las luces tenues del jardín se colaban por las ventanas, y una brisa fresca recorría la casa. Isaac no podía dormir. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, mirando al techo, pensando. Pensando en ella.
En María José.
En cómo, poco a poco, sin buscarlo, su presencia se había vuelto parte de su rutina, de su día, de su vida.
Sin pensarlo demasiado, se levantó. Sabía exactamente dónde encontrarla.
María José estaba en el balcón del piso sup