La mañana amaneció limpia, con un cielo azul que parecía recién lavado después de la lluvia del día anterior. El jardín brillaba, las hojas aún mojadas reflejaban la luz del sol como pequeños espejos, y el aroma a tierra húmeda y jazmines se mezclaba en el aire.
Don Ernesto ya estaba en su sitio, junto al banco de piedra, con una taza de té en las manos y la mirada perdida en el jardín. Parecía estar esperando algo, aunque no sabía qué. Cuando me vio salir, con mi ropa de jardinería y una pala