Subimos a la terraza tomados de la mano.
El sol bañaba las mesas de mimbre con una luz dorada que lo envolvía todo. Había un ramo de flores blancas en el centro y varios platos con fruta fresca, panes y quesos que desprendían un aroma delicioso. No era un banquete de lujo. Era un desayuno preparado con cariño, de esos que saben a hogar.
Sofía fue la primera en abalanzarse sobre mí. Se colgó de mi cuello con tal ímpetu que estuve a punto de perder el equilibrio.
—¡Tía Luna! ¿Ya eres oficialmente