El vuelo de vuelta fue distinto.
No porque el paisaje hubiera cambiado —las mismas nubes, el mismo cielo infinito, el mismo rumor del motor— sino porque yo ya no era la misma mujer que había subido a aquella avioneta días atrás. Aquella mujer llevaba el miedo pegado a la piel y una duda arañándole el pecho. Ésta llevaba un anillo en la mano izquierda y una burbuja de felicidad que no dejaba de crecer. Hacía solo días que viajar de noche me había parecido un salto al vacío, una incertidumbre car