Desperté con el lado de la cama vacío y frío.
No era la primera vez que Sebastián se levantaba antes que yo, pero últimamente se estaba convirtiendo en una costumbre. Una costumbre que no me gustaba nada. Me puse la bata y bajé descalza, con la intención de encontrarlo en la cocina, preparando café, como tantas otras mañanas.
Pero la cocina estaba vacía.
Lo que oí no venía del comedor, sino del jardín. Un murmullo de voces, apagadas, como si no quisieran ser escuchadas. Me asomé a la ventana qu