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El mensaje de Ramiro nos dejó en vela toda la noche.
Sebastián llamó a sus abogados a las dos de la madrugada. A las tres, Armando Quiroga y su asistente Darío ya estaban en el despacho de la mansión, con los ojos hinchados por el sueño y varias tazas de café humeando sobre la mesa de caoba.
—¿Qué pruebas puede tener? —preguntó Sebastián, paseándose de un lado a otro como un león enjaulado—. El contrato ya lo filtró Camila. No hay nada más.
—Eso creemos —respondió Quiroga, ajustándose las g