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Tres días después de la llegada de Adrián, la vida en la mansión Del Valle seguía siendo un remanso de paz que no me terminaba de creer.
Sofía se había adaptado a su nueva habitación con la facilidad de los niños, que siempre encuentran la forma de hacer hogar en cualquier sitio. La pequeña correteaba por los pasillos de mármol como si llevara toda la vida allí, y su risa llenaba los rincones que antes solo ocupaban los ecos. Las enfermeras que cuidaban de Don Ernesto también la atendían a