Por un instante, nadie respiró.
Ni siquiera yo.
La sala entera parecía suspendida en el tiempo mientras el juez sostenía el informe entre las manos, podía escuchar el latido de mi propio corazón, fuerte, rápido, implacable, ami lado Sebastián permanecía inmóvil, su expresión seguía siendo indescifrable, pero yo conocía demasiado bien a mi esposo.
Sabía reconocer la tensión escondida detrás de su aparente calma, que llevaba días sosteniéndose únicamente por voluntad, que estaba agotado y también