El sol entró por las cortinas como un visitante tímido, dibujando una línea dorada sobre el suelo de la habitación.
Abrí los ojos lentamente. A mi lado, Matías dormía en su cuna, con el puño diminuto apoyado sobre la manta.
Y entonces sentí el brazo de Sebastián rodeando mi cintura. No se había movido todavía, pero su calor estaba allí, llenando todos mis sentidos.
—¿Estás despierto? —susurré, sin girarme.
—Sí. —Su voz era ronca, de alguien que acababa de despertar pero que llevaba un rato obse