La noche cayó sobre la mansión como una manta de silencio. No hubo viento. No hubo ruido. Solo la oscuridad que se extendía entre los cipreses y la luz tenue de las lámparas del jardín. Desde el despacho, podíamos ver las sombras alargarse sobre la grava, moviéndose lentamente como si la noche misma estuviera conteniendo la respiración.
Carmen nos había dado la ubicación exacta: el ala este, justo después del cambio de turno de los guardias, cuando la mansión queda a oscuras durante unos minuto