El día transcurrió con la lentitud de un reloj de arena. La mañana se deslizó entre visitas de enfermeras, controles de presión y el zumbido constante de los monitores. Sebastián se había levantado varias veces para estirar las piernas, para beber agua, comer algo y para mirar por la ventana. No se había ido. Había dormido muy poco, cuando alguien llegaba a verme. Ya no estaba solo. La madre de Sebastián había vuelto al mediodía con una bolsa de fruta y un termo de sopa. Adrián había aparecido