El reloj de la habitación marcaba las once de la noche cuando la puerta se cerró tras la última enfermera. No era el mismo día. Habían pasado casi diecinueve horas desde que el doctor Herrera nos dio la noticia de que la presión había bajado y el riesgo de parto inminente había disminuido. Diecinueve horas de calma tensa, de monitores pitando a ritmo constante, de espera. El amanecer que yo había visto filtrarse por las cortinas era ya un recuerdo lejano.
Sebastián no se había movido de su sill