La noche se había cerrado sobre la mansión cuando el dolor regresó.
No era la presión sorda de los días anteriores. Era otra cosa. Un latido profundo que nacía en mi espalda y se extendía hacia el vientre como una onda expansiva. Cerré los ojos y conté hasta diez. Cuando los abrí, el dolor seguía allí, agazapado en el centro de mi cuerpo.
Sebastián ya estaba a mi lado. No había dormido. Lo sabía por las ojeras que le surcaban el rostro, por la camisa arrugada que no se había cambiado en todo el