Nuestros ojos se encontraron a la distancia y, por un instante, todo lo demás se desvaneció, absorbido por un silencio repentino que solo ella podía crear. El mundo se redujo a la figura recortada contra la luz de la ventana, a un par de ojos que me conocían mejor que los míos propios.
Luna levantó una mano, un gesto pequeño, sencillo. Pero mi pecho se apretó, una reacción instintiva que ni el tiempo, ni la costumbre habían logrado atenuar. Era la prueba innegable de algo que ya sabía, llevaba