Por primera vez en mucho tiempo, desperté sin sobresaltos.
No hubo llamadas, ni abogados, ni periodistas frente a la verja. Solo un silencio extraño, casi desconocido, que me hizo desconfiar antes de abrir los ojos. La habitación estaba bañada en una luz dorada que se filtraba entre las cortinas y Sebastián seguía dormido. Aquello era extraordinario, durante semanas él había despertado antes que todos, antes que el amanecer, cargando sobre sus hombros la empresa, las amenazas, el juicio, todo.