El amanecer del día de la prueba de carga fue un ejercicio de contención. No hablamos mucho durante el desayuno; nuestras tazas de café permanecieron casi llenas sobre la mesa, y el sonido del reloj de pared parecía marcar los segundos con una pesadez innecesaria. Cada vez que miraba a Ethan, lo encontraba revisando mentalmente sus planos, su mandíbula ligeramente tensa, aunque sus ojos buscaban los míos cada pocos minutos, como si necesitara confirmar que yo también estaba ahí, presente en esa