La mansión, que en mis primeros meses aquí me parecía una fortaleza de piedra fría, se sentía esa noche más acogedora que nunca. La celebración en el jardín de la biblioteca se había extendido hasta bien entrada la noche, con música, risas y vecinos que, hasta hacía unas semanas, nos veían como extraños distantes. Cuando por fin cruzamos la puerta de entrada, el silencio de la casa no era el vacío que me asustaba antes; era una calma profunda, la paz de quienes han hecho su trabajo y pueden des