La ciudad de cristal y acero se extendía bajo los pies de Elena Valdés, pero ya no se sentía como una amenaza. Desde la oficina principal del Holding —ahora rebautizado como Fundación Valdés-Montenegro—, Elena observaba cómo los obreros retiraban las inmensas letras de bronce con el apellido de Julián de la fachada del edificio.
—Es el fin de una era —dijo Marcos De la Vega, entrando con dos copas de cristal y una botella de vino que valía más que el alquiler de aquel sótano donde Elena sufrió