El viento en la azotea del hospital aullaba como una bestia herida. Julián Montenegro sostenía el cuerpo sedado de Thiago sobre el vacío, con una sonrisa que era la definición misma de la locura. A pocos metros, Elena Valdés sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¡Julián, mírame! —gritó Elena, con la voz desgarrada—. El imperio ya no existe. El nombre Montenegro está manchado para siempre. ¡Si dejas caer a Thiago, no te quedará nada, ni siquiera tu legado!
—Mi legado murió el día que m