Un año después de la inauguración de la Escuela Elena, Willow Creek había cambiado. Las calles que alguna vez resonaron con rumores de crimen ahora acogían talleres de arte y talleres de empoderamiento infantil. La fundación “Isabella y Elena” había ampliado sus programas, incluyendo centros de salud mental para sobrevivientes de tráfico de órganos, y yo había recibido mi título de abogada, dedicándome exclusivamente a defender víctimas de explotación.
Una mañana, mientras revisaba casos en la