Regresé de San Miguel con la cabeza llena de Maritza’s confesión, el cuaderno y la grabación guardados en mi bolso. La llamada sobre Roberto’s libertad provisional y Lucía’s mejora me dejó con un sentimiento ambiguo: alivio mezclado con miedo. En la clínica, Lucía me esperaba acostada, su rostro pálido pero alerta. “Sé que Maritza te lo dijo”, susurró, antes de que pudiera hablar. “Yo lo sabía todo desde el principio. Le pedí a Roberto que ayudara a Maritza a ocultarlo —no quería perderla, ni p