El mensaje en la pantalla del teléfono parecía emitir un frío más intenso que la nieve que entraba por la puerta destrozada de la cabaña. Aitana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Elara. Su hermana pequeña, la última chispa de inocencia de su linaje, ahora estaba en manos de un hombre que había demostrado no tener límites.
—¿Qué ocurre? —preguntó Leo, su voz aún ronca por la transformación. Al ver el rostro desencajado de Aitana, se acercó y leyó el mensaje sobre su hombro. Su mandí