El cristal de la ventana de la cabaña vibró bajo la potencia de un segundo aullido. Aitana sintió que su loba se erizaba, una reacción visceral al mando de un Alfa que alguna vez fue su dueño. Pero algo había cambiado. Donde antes sentía sumisión, ahora solo sentía una náusea profunda y una sed de justicia que le quemaba las venas.
—Está aquí —dijo Aitana, su voz era un hilo de acero—. Ha cruzado el límite, Leo. Ha roto el tratado de paz entre las manadas.
Leo Thorne no respondió de inmediato.