Tras el incidente con Noelia, la paz en nuestra casa se convirtió en un cristal resquebrajado. Aunque Leo reforzó la seguridad y yo intenté retomar la rutina, algo había cambiado. Especialmente en Dante.
El pequeño guerrero que siempre se preocupaba por su cabello y sus modales ahora pasaba horas en silencio, mirando sus manos. Sus ojos, a veces, destellaban un dorado demasiado intenso para un niño de cuatro años. La lógica médica me decía que era estrés postraumático, pero mi instinto de loba