El sol se levantó sobre una ciudad que ya no reconocía a Marco “El Puño” Valenti. Después de la reunión con Lila, había regresado a su mansión vacía, donde las paredes de mármol ahora parecían un cárcel de recuerdos. El collar de diamantes seguía en el escritorio, la nota blanca a su lado, y el video de la traición seguía reproduciéndose en bucle en su mente. Su teléfono seguía sonando, pero ahora eran llamadas de reclamos, de capos que pedían explicaciones, de socios que anunciaban su abandono