La mañana siguiente llegó con un frío que se metió hasta los huesos. Lila despertó en la mansión Ravenna, en la habitación que había sido suya de niña, rodeada de recuerdos que no llevaban el peso de la traición. Nicolás estaba esperando en el salón, su rostro sereno pero su mirada cargada de determinación. El acuerdo de divorcio, redactado por Silvio, yacía sobre la mesa de roble, sus líneas crispadas por la precisión legal. “Está listo”, dijo Nicolás, pasándoselo. “Marco recibirá una copia en