Las primeras semanas de matrimonio transcurrieron como un baile de máscaras. Luna vivía en la residencia Márquez, en un ala separada de Diego, tal como lo estableció el acuerdo. Cada mañana, él se iba temprano al despacho del imperio, y ella se refugiaba en su laboratorio —ahora instalado en un pequeño salón del sótano de la mansión, donde nadie la molestaba. Allí, pasaba horas entre documentos antiguos, fotografías y muestras de tierra que había recogido del jardín de la finca Vélez, buscando