La palabra “cáncer” resonó en la habitación del hospital como un trueno, rompiendo lo poco que quedaba de la cordura de Luna. Forzó una sonrisa hecha pedazos, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras el médico salía, dejándola sola con su desgracia. Había creído que al salir de Blackwood podría empezar de nuevo, pero el destino le jugó la broma más cruel: dos meses de vida, máximo, si no conseguía tratamiento—tratamiento que no podía pagar, sin familia que la ayudara, sin identidad que