El estruendo de las hélices del helicóptero sacudía los ventanales de La Fortaleza. El viento huracanado levantaba nubes de polvo y salitre del acantilado, envolviendo la figura de Dante en un torbellino de sombras. Él permanecía inmóvil en la terraza, con la mano firme sobre la culata del arma enfundada en su cintura y la mirada fija en la aeronave que lucía el emblema de la familia Vazzana.
No era solo una visita. Era una invasión.
El helicóptero tocó tierra y, antes de que las palas dejaran