El rugido del motor del deportivo de Dante era el único sonido que competía con el martilleo incesante en su pecho. Mientras conducía hacia el apartamento de Elena, veía cómo las patrullas del sensacionalismo ya empezaban a merodear. Varios coches con logotipos de programas de chismes y fotógrafos en motocicletas se movían en la misma dirección. La noticia volaba; el escándalo de un Vazzana era la carne más jugosa para los buitres de la ciudad.
—Maldita seas, Bianca —gruñó, golpeando el volante