El amanecer en la ciudad no trajo claridad, sino una luz grisácea y fría que se filtraba por las persianas del apartamento de Elena. Para Dante, el despertar fue como chocar contra un muro de cemento a toda velocidad. El efecto de la droga había remitido, dejando en su lugar un rastro de náuseas, un dolor de cabeza palpitante y una pesadez en el alma que ningún químico podría explicar.
Se quedó inmóvil un momento, escuchando la respiración acompasada de Elena a su lado. La habitación olía a ell