El aire en el almacén estaba cargado de electricidad estática y el olor a metal oxidado. Adrián, con la pistola temblando en su mano, apuntaba ahora directamente al pecho de Isabel. La escena era una paradoja viviente: el perro de presa volviéndose contra su dueña bajo la mirada de la mujer que ambos habían intentado destruir.
—¡Bájala, Adrián! —gritó Isabel, pero su voz, por primera vez, tenía una nota de pánico que no podía ocultar con su máscara de seda—. No seas idiota. Valeria te está mani