La noche sobre la ría de Bilbao no tenía fin. El agua, una masa oscura y aceitosa, engullía las luces de las sirenas que parpadeaban en la orilla, transformándolas en destellos distorsionados de azul y rojo. Valeria estaba sentada en la parte trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros que crujía con cada uno de sus movimientos. No estaba herida, al menos no físicamente, pero el frío que sentía parecía nacer de sus propios huesos.
A unos metros, Marcos hablaba con un insp