El estruendo del ventanal al romperse fue seguido por un silencio antinatural, solo roto por el siseo del viento que entraba desde el acantilado. Dante mantenía a Mila aplastada contra el mármol del suelo, su cuerpo actuando como un escudo humano de músculo y nervios tensos. El olor a pólvora se mezcló con el aroma del óleo fresco, una combinación que Mila asociaría para siempre con el p3ligro.
—No te muevas —ordenó Dante en un susurro m@rtal cerca de su oído.
—Tengo trozos de cristal en la esp