El hambre no es un dolor agudo; es un vacío sordo que te devora desde adentro. Tres días habían pasado desde que Elena derramó el veneno y me condenó al ayuno. El agua del grifo de la celda era lo único que mantenía mis órganos funcionando, pero sentía que la vida de mi hijo se apagaba junto con mis fuerzas. No podía esperar más. Si moría aquí, ella ganaba.
Esa noche, cuando Marcus entró para dejar el balde de agua, no me quedé en el rincón. Me oculté detrás de la puerta pesada, sosteniendo en