El silencio que siguió a mis palabras fue más pesado que los meses de aislamiento en el sótano. Dante permanecía de rodillas, con los hombros hundidos, mientras el doctor Arnault retrocedía hacia la puerta, buscando una salida que no existía. Elena, acorralada contra la pared de nuestra habitación, respiraba con dificultad, sus ojos moviéndose frenéticamente como los de una rata atrapada.
—Dante, por favor... —susurró Elena, intentando un último ruego—. Lo hice por nosotros. Ella no te merece,