Diez años habían pasado desde que Luna nació. Ahora era una niña de diez años, con el mismo amor por la pintura que yo, y un corazón tan bondadoso como el de su padre. Además de ella, éramos una familia numerosa: teníamos dos hijos más, Mateo de ocho años y Ana de cinco, que llenaban nuestra casa de risas y travesuras.
Un día de otoño, mientras estábamos preparando la cena en la cocina, uno de los centinelas llegó corriendo:
—Alfa Lucas, Alfa Sofía... hay alguien en la puerta principal que quie