Seis meses habían pasado desde que Aitana Navarro desapareció de la faz de la tierra. Para el mundo, ella era una estadística, una joven caída en desgracia que probablemente se había ocultado en la oscuridad de algún pueblo remoto para lamerse las heridas. Pero en el sótano húmedo de Poble-sec, en Barcelona, lo que se gestaba no tenía nada de lamentable.
Aitana estaba colgada de una barra de metal, con el sudor empapándole la camiseta negra que ahora se ajustaba a un cuerpo fibroso, despojado d