Venturis nunca cambiaba. Seguía siendo esa ciudad de fachadas neoclásicas y corazones podridos, donde el lujo de la avenida principal ocultaba la miseria moral de quienes la gobernaban. Pero esta noche, el aire se sentía distinto. Una tormenta eléctrica amenazaba en el horizonte, tiñendo el cielo de un violeta violento.
Un coche deportivo negro, de cristales tintados y motor silencioso, cruzó el arco de entrada de la ciudad. Al volante, una mujer de cabello negro azabache y ojos grises metálico