El metal frío de las rejas de la celda golpeó contra la pared con un eco sordo que resonó por todo el pasillo de la cárcel de Ciudad del Este. Valentina se quedó de pie en el centro del pequeño espacio, sintiendo cómo el olor a humedad, limpiador químico y desesperación se adueñaba de sus pulmones. Había pasado doce horas desde que la habían llevado aquí, y en todo ese tiempo nadie había venido a visitarla. Ni Mateo, ni Diego, ni nadie más de la familia Ferrer. Solo había tenido una breve visit