El chillido de las sirenas de la policía se desvaneció lentamente en el aire de la mansión Ferrer, pero el eco de aquellas luces azules y rojas seguía quemándose en la retina de Valentina. Estaba sentada en el suelo del pasillo principal, con las manos temblorosas sobre las rodillas, mientras Mateo la miraba con ojos de fuego y Camila fingía sacudirse el miedo entre los brazos de Diego.
“¡Levántate de ahí!”, gruñó Mateo, su voz resonando con una autoridad que nunca antes había usado con ella. “