Aitana regresó a su departamento con el cuerpo entumecido, como si caminara a través de una densa neblina de hielo. Cada rincón del lugar, que antes le parecía un refugio de amor y estudio, ahora se sentía como la escena de un crimen. Las paredes parecían susurrar las risas de Julián y los jadeos de Caleb.
Entró en la habitación y encendió la luz. Sobre la cama descansaba un oso de peluche que Julián le había regalado en su primer aniversario. Lo tomó entre sus manos y, por un segundo, sintió e